El amor humano (Benedicto XVI)


‘El amor humano es, en sí, una promesa incumplible. Desea eternidad y sólo puede ofrecer finitud. Mas, por otra parte, sabe que esa promesa no es insensata ni contradictoria, ni por tanto destructiva, pues la eternidad vive en ella.’

 

  • ‘El amor es una exigencia que no me deja intacto. En él no puedo limitarme a seguir siendo yo a secas, sino que he de perderme una y otra vez al ser desbastado, al ser herido. Y precisamente esta herida para sacar a relucir mis mejores posibilidades forma parte, en mi opinión, de la grandeza, del poder curativo del amor. En este sentido, no se debe imaginar un amor puramente romántico, que cae del cielo sobre ambos cuando se han encontrado y que a partir de entonces todo irá sobre ruedas. El amor hay que entenderlo como pasión. Sólo cuando se está dispuesto a aceptarlo como pasión, aceptándose siempre de nuevo el uno en el otro, madurará para toda la vida.’

 

  • ‘Aprender a superarse y a entregarse uno mismo, aprender a regalarse, incluso sin recibir nada a cambio, forma parte del camino del aprendizaje del amor.’

 

  • ‘Lo importante para cualquier persona, lo primero que da importancia a su vida, es saber que es amada.’

 

  • ‘El amor consiste en apartar la mirada de mí mismo y dirigirla hacia el otro… Yo soy demasiado estrecho para mí solo. Cuando salgo al aire libre, entonces y sólo entonces, comienza y llega la grandeza de la vida.’
  • ‘El amor humano sólo se convierte en verdaderamente enriquecedor y grande cuando estoy dispuesto a renunciar a mí mismo por esa persona, a salir de mí mismo, a entregarme.’

Joseph Cardenal RatzingerDios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época.

 

  • ‘El arquetipo de amor por excelencia es el amor entre el hombre y la mujer, en el cual intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma, y en el que se le abre al ser humano una promesa de felicidad que parece irresistible, en comparación del cual palidecen, a primera vista, todos los demás tipos de amor.’
  • ‘El amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia.’
  • ‘Pero ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo. Únicamente de este modo el amor —el eros— puede madurar hasta su verdadera grandeza.’
  • ‘En oposición al amor indeterminado y aún en búsqueda, el amor agapé expresa la experiencia del amor que ahora ha llegado a ser verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta que predominaba claramente en la fase anterior. Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca.’

S.S. Benedicto XVICarta encíclica Deus Caritas Est (‘Dios es amor’).

El jardín de Jesús


Santa Teresita de Lisieux (1873 - 1897)

Durante mucho tiempo me he preguntado por qué tenía Dios preferencias, por qué no recibían todas las almas las gracias en igual medida. Me extrañaba verle prodigar favores extraordinarios a los santos que le habían  ofendido, como san Pablo o san Agustín, a los que forzaba, por así decirlo, a recibir sus gracias; y cuando leía la vida de aquellos santos a los que el Señor quiso acariciar desde la cuna hasta el sepulcro, retirando de su camino todos los obstáculos que pudieran impedirles elevarse hacia él y previniendo a esas almas con tales favores que no pudiesen empañar el brillo inmaculado de su vestidura bautismal, me preguntaba por qué los pobres salvajes, por ejemplo, morían en tan gran número sin haber oído ni tan siquiera pronunciar el nombre de Dios…

Jesús ha querido darme luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde violeta su perfume ni a la margarita su encantadora sencillez… Comprendí que si todas las flores quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florecillas…

Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. El ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos…

Comprendí también que el amor de Nuestro Señor se revela lo mismo en el alma más sencilla que no opone resistencia alguna a su gracia, que en el alma más sublime. Y es que, siendo propio del amor el abajarse, si todas las almas se parecieran a las de los santos doctores que han iluminado a la Iglesia  con la luz de su doctrina, parecería que Dios no tendría que abajarse demasiado al venir a sus corazones. Pero él ha creado al niño, que no sabe nada y que sólo deja oír débiles gemidos; y ha creado al pobre salvaje, que sólo tiene para guiarse la ley natural. ¡Y también a sus corazones quiere él descender! Estas son sus flores de los campos, cuya sencillez le fascina…

Abajándose de tal modo, Dios muestra su infinita grandeza. Así como el sol ilumina a la vez a los cedros y a cada florecilla, como si sólo ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa también Nuestro Señor de cada alma personalmente, como si no hubiera más que ella. Y así como en la naturaleza todas las estaciones están ordenadas de tal modo que en el momento preciso se abra hasta la más humilde margarita, de la misma manera todo está ordenado al bien de cada alma.

Tomado de: Historia de un alma, Santa Teresita de Lisieux

La pobreza ignorada y despreciada


El espíritu de la pobreza ha penetrado poco en los cristianos. Da pena reconocerlo, pero es la verdad. Los mismos buenos cristianos que en otras materias, como la castidad, tienen una conciencia sumamente delicada y dócil a la doctrina de la Iglesia, en cuestiones de riqueza y de pobreza piensan y obran a su antojo, y no se hacen problema de conciencia en seguir unas costumbres económicas que, consideradas a la luz del Evangelio, bien pueden ser consideradas como criminales.

Padres de familia, por ejemplo, que en la moral conyugal son «conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, la cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente esa ley a la luz del Evangelio» (GS 50b), en cuestiones de riqueza y de pobreza ignoran ampliamente el Magisterio eclesial, y orientan sus vidas y las de sus hijos según el mundo, en patente contradicción al Evangelio.

La Iglesia sabe que hay desigualdades justas, pero también conoce y denuncia otras que son injustas. «Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades económicas y sociales que se dan entre los miembros o los pueblos de una misma familia humana» (GS 29c). «Que no sirva de escándalo a la humanidad el que algunos países, generalmente los que tienen una población cristiana sensiblemente mayoritaria, disfrutan de la opulencia, mientras otros se ven privados de lo necesario para la vida y viven atormentados por el hambre, las enfermedades y toda clase de miserias» (88a).

En efecto, la riqueza de unos a veces «contrasta de manera abierta e insolente» con la pobreza de otros (Juan XXIII, enc. Mater et Magistra 15-V-1961, 69). Estas desigualdades, con los odios y las miserias materiales que ocasionan, «deben desaparecer» (GS 83). Para ello será preciso que la acción política promueva más eficazmente la justicia; pero mientras ésta llega -y parece que va para largo-, los cristianos deben aumentar en mucho más su austeridad de vida, es decir, su ayuno y su limosna.

El cristiano debe sentir hacia el lujo verdadera repugnancia, y como no haya muy altas razones de bien común, en modo alguno debe permitir que tal sierpe venenosa se introduzca en su casa y le pervierta a él y a sus hijos. La gran presión de la propaganda consumista asocia en las mentes constantemente la felicidad con el lujo superfluo de último modelo.

La educación cristiana ha de ir en sentido contrario. En la Utopía de Santo Tomás Moro, por ejemplo, «el oro y la plata sirven para hacer orinales», y las cadenas para esclavos o para criminales son también de esos metales. «Así cuidan de que el oro y la plata sean tenidos entre ellos en ignominia». Con las perlas y piedras preciosas adornan a los niños pequeños, y de este modo «cuando crecen un poco en edad ven que sólo los llevan los niños y, sin que sus padres les hagan advertencia alguna, se avergüenzan, y las abandonan» (lib.II,VI).

Los padres cristianos deben vacunar a sus hijos contra la peste de lo superfluo con el mismo y mayor cuidado con que los vacunan contra el sarampión y la poliomelitis, la tosferina y el tétanos. Y cuando la familia ha de discernir entre necesario y superfluo conviene que no miren al mundo y a los que tienen más, sino al Evangelio y a los que tienen menos.

((No obstante estos graves avisos del Señor, son muchos los cristianos que no reconocen la peligrosidad de las riquezas. Que los cristianos alejados, habitualmente distantes de la Biblia, de la Iglesia, de la oración y de los sacramentos, estimen la riqueza como una de las mayores bienaventuranzas, y centren su esfuerzo en conservarlas o en adquirirlas, es perfectamente normal y previsible. Hay que elegir entre servir a Dios y servir a las riquezas (Mt 7,24). Y ellos, como no tienen puesta la vida al servicio de Dios, la tienen al servicio del dinero. Normal.

Más extraño resulta que algunos cristianos ricos, siendo ortodoxos y piadosos, no vean en sus altos salarios o en sus crecidas rentas un grave peligro para el crecimiento en la caridad. Consideran, al parecer, que la búsqueda de la perfección cristiana es -al menos en los laicos- perfectamente compatible con un género de vida sólo posible para una pequeña parte de la sociedad en que viven, y sólo asequible para una mínima parte de la humanidad actual, en la que tantos hijos se le mueren a Dios de hambre.

Esto es algo que, por ejemplo, Santa Teresa no podía entender: «Yo lo pienso muchas veces y no puedo acabar de entender cómo hay tanto sosiego y paz en las personas muy regaladas» (Medit. Cantares 2,15). «Gózanse de lo que tienen, dan una limosna de cuando en cuando, no miran que aquellos bienes no son suyos, sino que se los dio el Señor como a mayordomos suyos para que repartan a los pobres, y que le han de dar estrecha cuenta del tiempo que lo tienen sobrado en el arca, suspendido y entretenido a los pobres, si ellos están padeciendo» (2,8). Es como si ignorasen que de esos formidables presupuestos familiares, de esos viajes y vacaciones costosísimos, de esas necesidades falsas admitidas como reales por mimetismo mundano, y de tanto gasto inútil han de dar estrecha cuenta a Dios: «Y ¡cuán estrecha! Si lo entendiese [el rico], no comería con tanto contento ni se daría a gastar lo que tiene en cosas impertinentes y de vanidad» (2,11). «¡Ay de los ricos!», dice el Señor…))

Tomado de: Síntesis de espiritualidad católica, extractos, P. Jose María Iraburu

«Nos autem sensum Christi habemus» (Nosotros tenemos la mente de Cristo) (1Cor 2,16)


Triunfo de Santo Tomás de Aquino (Filippino Lippi, c1480, Santa María sopra Minerva, Roma)

Queridos hermanos,

Con inmensa alegría celebramos hoy la Solemnidad de Nuestro Padre Santo Tomás de Aquino. Al instante de su muerte en la abadía cistercience de Fosanova, San Alberto Magno, conociendo de un modo milagroso este hecho, dijo entre lágrimas: «Ha dejado esta vida mi hijo en Cristo, que ha sido la luz de la Iglesia». La infinita bondad del Sagrado Corazón ha querido que Santo Tomás, luz de la Iglesia, sea para nosotros un verdadero Padre. Agradezcamos a Dios este don inmenso.

Santo Tomás, antes de ser promovido al grado máximo de doctor en la Universidad de París, debió pronunciar una lección solemne. Encontrándose atribulado, por no saber que tema elegir, fue instruido en sueños por el mismo Santo Domingo de Guzmán, para centrar su lección en un pasaje del Salmo 103: “Desde tu morada riegas los montes, y la tierra se sacia de tu acción fecunda”. Este sermón se convirtió en el programa que orientó toda su vida, su camino de santidad. Comentando el señalado salmo, dice Santo Tomás que así como la lluvia desde el cielo riega los montes y forma ríos que descienden hacia los valles, así también la Sabiduría divina riega la mente de los hombres. En otras palabras, la luz del entendimiento humano es participación del entendimiento divino, y es por esto que podemos conocer la verdad. Como dice el salmo 35: “Tu luz, Señor, nos hace ver la luz”.

En Dios la esencia divina es el «Ipsum Esse subsitens», el Ser por si mismo subsistente. Aristóteles definió la vida divina como la “subsistente intelección de la intelección”, lo que equivale a decir que el entendimiento divino entiende su propio entender. En un acto simple y perfecto, Dios conoce la plenitud infinita de su propia perfección y todo lo creado en los distintos grados en que las criaturas participan de tal perfección, que es el ser. Se encuentra aquí contenido el misterio de su propia grandeza y de la grandeza participada del mundo, cuya cumbre es el ente personal. Este conocimiento de Si y de lo creado, ambos conocidos en Si mismo, el Padre lo tiene al engendrar, desde siempre, a la persona del Hijo. Así aparece manifiesto al llamar San Juan «Logos» a la Segunda Persona de la Trinidad. Siendo engendrado por vía de entendimiento, el Logos, es decir, el Hijo es la Verdad de Dios, como dice en el Evangelio de San Juan: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). Esta Verdad es causa primera del universo al mismo tiempo que causa final o último fin. Como dice San Pablo: «todo ha sido creado por Él y para Él». Por eso dice Santo Tomás en la Suma contra Gentiles aquella frase central en la vocación de Schola Veritatis: «Es necesario que la Verdad sea el fin del universo».

Pues bien, este conocimiento perfecto que Dios tiene de si mismo y de toda la realidad, esta razón eterna que es su Logos y que vemos inscrita en todo el universo, es la luz de la que participa todo entendimiento creado. Tanto el conocimiento natural, como el sobrenatural consumado en la visión beatífica, no se entienden sino como participación de esta luz. Por esto el conocimiento humano tiene claridad, seguridad, dignidad y resplandor. Esta luz divina es la lluvia que desciende de lo alto y a la que Santo Tomás hace referencia en su sermón. El Aquinate se encontraba transfigurado por esta luz, que es el Logos. Dado que la persona de Cristo es el Logos divino, las palabras de San Pablo: «Nosotros tenemos la mente de Cristo», se verifican en Santo Tomás de un modo eminente.

La realidad es esencialmente racional, pues ha sido creada por el Logos. El Papa Benedicto repitió varias veces en la Universidad de Ratisbona (1-11-2006): «Ir contra la razón es ir en contra de la naturaleza de Dios». Por esta Verdad podemos saber que el mundo, la historia y la vida de cada hombre en particular tienen un sentido. Este sentido es que ¡el mundo entero tiene a la Verdad como fin! Esta Verdad es Cristo en cuanto hombre, quien, en el tiempo de la recapitulación, ha de entregar todo al Padre para que Dios sea todo en todos.

Esta reflexión debe llevarnos a constatar con mayor profundidad y dolor la gravedad del mal que vivimos. Como humanidad deambulamos en una tenebrosa oscuridad que nosotros mismos hemos conquistado laboriosamente mediante el despliegue de la anti-palabra durante un proceso de siglos (cf. Karol Wojtyla, Signo de contradicción). Vivimos un tiempo en que pareciera que las tinieblas han apagado la luz, lo que de suyo es imposible. La pérdida de luz de la fe y los errores mentales que envuelven por entero el mundo de hoy conducen a nuestro mundo post-cristiano a la apostasía sociológica y cultural en que estamos. Es necesario que a ejemplo de Santo Tomás la inteligencia del hombre del siglo XXI realice un largo camino de humillación, de anonadamiento, hasta abajarse al lugar que le corresponde: el de simple criatura. Ahí será, no aniquilada, sino confirmada en su verdadera grandeza y dignidad. Dignidad de estar abierta al ser en todas sus dimensiones. Dignidad que es la de poder abarcar en si misma, dada su infinitud en cuanto tal, toda la realidad, creada y divina, en su verdadero sentido analógico, tanto por la razón como por la fe. Ya lo decíamos en la Homilía del día de Santa Teresita al interpretar su caminito de abajamiento como el camino de retorno de nuestro entendimiento a la verdad.

Pidamos a María Santísima, Madre de la Verdad, Trono de Sabiduría, que nos conceda a nosotros dar este testimonio de kénosis y conversión del entendimiento a la verdad, ante la Iglesia y el mundo, en los modos y formas que Dios disponga. Amén.

Petrus Paulus Mariae Silva, SV

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Somos libres, no necesitamos gracia (pelagianismo)


El mundo pre-cristiano no tuvo claro conocimiento de la libertad del hombre, y predominaron en él los fatalismos deterministas de una u otra especie. Partiendo de la Revelación, y con muy pocos apoyos culturales, fue la Iglesia la que descubrió la libertad del hombre, y la enseñó a los pueblos. De ahí nació la cultura occidental, la que se manifestó en la historia como la más potente para transformar los pueblos y el mundo visible.

En los siglos IV y V, tras la conversión de Constantino, se vió la Iglesia invadida por multitudes de neófitos, lo que trajo consigo un descenso espiritual en relación con los precedentes siglos martiriales y heroicos. En esos años surge Pelagio (354-427), de origen británico, un monje riguroso y ascético, que ante la mediocridad espiritual imperante, predica un moralismo muy optimista sobre las posibilidades éticas del hombre: «Cuando tengo que exhortar a la reforma de costumbres y a la santidad de vida, empiezo por demostrar la fuerza y el valor de la naturaleza humana, precisando la capacidad de la misma, para incitar así el ánimo del oyente a realizar toda clase de virtud. Pues no podemos iniciar el camino de la virtud si no tenemos la esperanza de poder practicarla» (ML 30,16). Sus doctrinas fueron en principio aprobadas por varios obispos -Jerusalén, Cesearea, sínodo de Dióspolis (a.415)-, e incluso por el papa Zósimo.

Pero pronto la Iglesia rechazó el pelagianismo con gran fuerza, en cuanto sus doctrinas fueron mejor conocidas, sobre todo en las enseñanzas de Celestio y Julián de Eclana (Indiculus 431, Orange II 529, Trento 1547, Errores Pist. 1794: Dz 238-249, 371, 1520s, 2616), con la colaboración de San Jerónimo, del presbítero hispano Orosio, de San Agustín, de San Próspero de Aquitania.

San Agustín resume así la doctrina pelagiana: «Opinan que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Dice [Pelagio] que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente cuanto Dios les ha mandado. Y cuando dice «más fácilmente» quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil. La gracia de Dios, sin la que no podemos realizar ningún bien, es el libre albedrío que nuestra naturaleza recibió sin mérito alguno precedente. Dios, además, nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar. Pero no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer. Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones de la Iglesia [¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?]. Y pretenden que los niños nacen sin el vínculo del pecado original» (ML 42,47-48).

El pelagianismo es una herejía permanente que, al paso de los siglos, se produce en la Iglesia con formulaciones y palabras renovadas. Los pelagianos actuales, aunque no suelen derivar su optimismo antropológico hacia un ascetismo vigoroso, son fieles a las tesis fundamentales del pelagianismo. Es fácil comprobar que ciertas manifestaciones -no todas, claro- de la teología de la secularización y de la liberación llevan más o menos marcado el sello pelagiano.

Puede decirse, en general, que hay pelagianismo cuando la predicación apremia la conducta ética de los hombres, sin mayores alusiones a la necesidad de la gracia de Cristo, como si ellos por sí solos pudieran ser buenos y honestos, y también eficaces en la transformación de la sociedad, con tal de que se empeñen en ello. Hay pelagianismo cuando el cristianismo cae en el moralismo y se dejan a un lado los grandes temas dogmáticos, la Trinidad, la presencia eucarística, etc. La moral individual y social, en ese planteamiento, no aparece como la consecuencia necesaria de vivir en Cristo, en la fe y en la gracia, sino como el motor decisivo de la vida cristiana. Y así, la inhabitación trinitaria, la Presencia divina vivificante, el acceso litúrgico al manantial de la gracia, la misma fe, en una palabra, el Misterio, quedan devaluados, como elementos accesorios, no estrictamente necesarios para la salvación del hombre y de la sociedad.

Hay pelagianismo cuando ya no se habla del pecado original, y de los destrozos que causó en la raza humana. Hay pelagianismo allí donde la oración, concretamente la oración de petición, pasa a un segundo plano, se olvida o se niega; y allí donde falta el espíritu de acción de gracias y la alegría cristiana, humilde y esperanzada. Hay pelagianismo cuando se adula al hombre (la juventud, la mujer, el obrero, el universitario, el intelectual), y cuando el olvido sistemático del pecado original permite ignorar prácticamente que todo hombre (también si es joven, mujer, obrero, universitario o intelectual) es indeciblemente miserable, falso, débil, sujeto al influjo del Maligno, y necesitado de salvación por gracia sobrenatural de Cristo.

Hay pelagianismo cuando los sacramentos y el culto litúrgico dejan de ser la clave de la transformación en Cristo de hombres y también de sociedades… Los que creen que su salvación es ante todo gracia de Cristo jamás se apartan de los manantiales litúrgicos de la gracia; pero los que esperan salvarse por sus propias fuerzas malviven alejados de estas fuentes -lo que, por otra parte, no alarma especialmente a los pastores pelagianos-. El paso que sigue al alejamiento crónico es la simple apostasía.

Es pelagiano, en fin, el cristianismo que se limita a proponer valores morales enseñados por Cristo -verdad, libertad, justicia, amor al prójimo, unidad, paz, etc., en buena parte admitidos por el mundo, al menos teóricamente-, pero que no afirma que Cristo mismo es «la verdad», y que sin él se pierde el hombre en el error (Jn 14,6); que sólo él «nos ha hecho libres» (Gál 5,1); que sólo por la fe en él alcanzamos «la justicia que procede de Dios» (Flp 3,9); que sólo él ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo la fuerza del verdadero amor fraterno (Rm 5,5); que sólo él es capaz de reunir a todos los hombres que andan dispersos, pues para eso dio su vida (Jn 11,52); y en fin, que sólamente «él es nuestra paz» (Ef 2,14).

Si hay pelagianismo cuando se dan los signos aludidos, debemos concluir que actualmente el naturalismo pelagiano o semipelagiano es entre los cristianos la más fuerte tentación de error, al menos en el ambiente de los países ricos descristianizados. «Podemos reconocer -escribía el profesor Canals en los años del Vaticano II- que en nuestros días, tras siglos de pensamiento y cultura ya emancipados de la inspiración cristiana, y mientras sería muy difícil advertir en los católicos el peligro de un pesimismo jansenista o de un predestinacionismo fatalista, es bastante general la ignorancia sobre los puntos más centrales de la salvación del hombre por la gracia de Jesucristo» (68). En efecto, según el cardenal de Lubac, «nunca como hoy, a partir de los tiempos de san Agustín, que fueron también los de Pelagio, la idea de la gracia fue más ignorada». Es también ésta la opinión del cardenal Ratzinger: «El error de Pelagio tiene muchos más seguidores en la Iglesia de hoy de lo que parecería a primera vista» («30 Días» I-1991).

Efectivamente, en el proceso de descristianización de los últimos siglos, se ha ido produciendo una reducción del Evangelio a un eticismo voluntarista, de estilo pelagiano, que dio lugar primero a un moralismo individual y ascético, y que ahora se ha ido haciendo un moralismo social, muy poco ascético. En todo caso, antes y ahora, se trata de un moralismo propio de «los enemigos de la gracia de Cristo -como dice San Agustín-, que confían en su propia fuerza» (ML 33,764), y que ven más a Cristo como ejemplo que como causa de salvación. Estos neopelagianos consideran estéril el cristianismo de la unión con Cristo, el del abandono atento a las iniciativas de su gracia -que es el que históricamente ha hecho santos y pueblos cristianos-, y propugnan en cambio un cristianismo centrado en la fuerza del hombre para cambiarse a sí mismo, y en la eficacia de sus iniciativas para mejorar la sociedad -que es un cristianismo absolutamente estéril, que sólo ha producido secularismo y apostasía-. Ellos ya no captan la gratuidad de la gracia, no ven tampoco que sólo el Espíritu Santo puede renovar la faz de la tierra, ni pueden entender muchos textos de la Escritura, como aquel de San Pablo que dice: «Estáis salvados por la gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir» (Ef 2,8-9).

Por otra parte, la nueva evangelización del mundo moderno secularizado, apóstata de la fe cristiana, exige hoy sin duda superar en la proclamación de la Buena Nueva todos estos moralismos de corte pelagiano. El Evangelio no fue escrito ante todo como un código de doctrinas morales, sino casi exclusivamente como una presentación de Cristo destinada a suscitar la fe en él: «estas cosas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y con esta fe tengáis vida gracias a él» (Jn 20,31). Del mismo modo, la Buena Nueva no fue ofrecida al mundo antiguo por los apóstoles primordialmente como un bloque sistemático moralista, sino como gracia de Cristo, como una fuerza positiva, liberadora del mal, suscitadora de todo bien, a la que el hombre y los pueblos debían abrirse por la gracia de la fe. En la carta a los Romanos, por ejemplo, le bastan a San Pablo dos capítulos para mostrar la podredumbre moral insuperable de la humanidad, sea pagana o judía (1-2), y para llegar a la conclusión de que «todos pecaron y están privados de la presencia de Dios» (3,23). Pero en seguida se extiende en una exposición grandiosa de la salvación humana como gracia de Cristo Salvador, a la que se accede fundamentalmente por la fe (3-11). Y termina el Apóstol exponiendo breve, pero suficientemente, la vida moral nueva, propia de los que viven según el Espíritu de Jesús (12-16).

Hoy no habrá nueva evangelización del mundo moderno, secularizado y apóstata, si sólo fuéramos capaces de denunciar una y otra vez sus miserias morales, proponiéndole al mismo tiempo unos ideales éticos que sin Cristo no puede vivir, y ni siquiera entender. Sería una nueva edición del fariseísmo judío, al que se refería San Pablo al decir: «el código [moral] da muerte, mientras el Espíritu da vida» (2 Cor 3,6). Hoy evangelizaremos realmente en la medida en que, al modo del Apóstol de los gentiles, seamos capaces de decirle al hombre actual que está perdido, que está angustiado, que está muerto, y que sólo en Cristo puede hallar por gracia la verdad, la bienaventuranza y la vida.

Tomado de: Síntesis de espiritualidad católica, P. José María Iraburu, p. 148-150

Hablar de dolor y no limitarse a hablar de crisis económico-financiera


Cardenal Angelo Scola junto a S. S Benedicto XVI

«Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» ( Lc 12, 15 ) — será suficiente recordar que ya  Aristóteles juzgaba inaceptable una vida que identificase la felicidad con la riqueza, o bien, que tomara un medio por el fin. No podemos resignarnos frente a una concepción del “intercambio” que no sólo está cada vez más generalizada, sino que parece gobernar toda la máquina económica. Según esta visión se reduce al ciudadano (de modo pesimista) al homo oeconomicus , preocupado exclusivamente por maximizar sus ganancias. En efecto, parece que la base de la actividad económica y financiera sea sólo la tesis según la cual el aumento de la riqueza es en cualquier caso y, mejor, cuanto antes, un bien que perseguir.
(…) En segundo lugar, merece ser denunciado el debilitamiento de aquellas “voces” que llevarían a ampliar, como sería deseable, la razón. De este debilitamiento es responsable, en parte, el variado proceso de secularización, que de hecho ha favorecido que se afianzase la mentalidad positivista que denuncia Benedicto XVI.  Es un deber observar al respecto que, incluso en el campo católico, una ambigüedad latente en cierta interpretación del principio de la “autonomía de las realidades terrenas”, ha tenido su papel.
“Autónomo” se ha convertido de hecho en sinónimo de “indiferente” respecto a valores substanciales. En este marco, se corre el riesgo de que la doctrina social de la Iglesia se considere más como una premisa de pías intenciones que como un marco orgánico e incisivo de referencia

Tomado de : Discurso del Arzobispo de Milán, Cardenal Angelo Scola, con ocasión de la Fiesta de San Ambrosio, el 12 de diciembre de 2011.

Pensar bien


Jaime Balmes (1810 - 1848)

§ I. En qué consiste el pensar bien. Qué es la verdad

El pensar bien consiste: o en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; de otra suerte, caemos en error. Conociendo que hay Dios conocemos una verdad, porque realmente Dios existe; conociendo que la variedad de las estaciones depende del sol, conocemos una verdad, porque, en efecto, es así; conociendo que el respeto a los padres, la obediencia a las leyes, la buena fe en los contratos, la fidelidad con los amigos, son virtudes, conocemos la verdad; así como caeríamos en error pensando que la perfidia, la ingratitud, la injusticia, la destemplanza, son cosas buenas y laudables.

Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad? Un sencillo labrador, un modesto artesano, que conocen bien los objetos de su profesión, piensan y hablan mejor sobre ellos que un presuntuoso filósofo, que en encumbrados conceptos y altisonantes palabras quiere darles lecciones sobre lo que no entiende.

§ II. Diferentes modos de conocer la verdad

A veces conocemos la verdad, pero de un modo grosero; la realidad no se presenta a nuestros ojos tal como es, sino con alguna falta, añadidura o mudanza. Si enfila a cierta distancia una columna de hombres, de tal manera que veamos brillar los fusiles, pero sin distinguir los trajes, sabemos que hay gente armada, pero ignoramos si es de paisanos, de tropa o de algún otro cuerpo; el conocimiento es imperfecto, porque nos faltadistinguir el uniforme para saber la pertenencia. Mas si por la distancia y otro motivo nos equivocamos, y les atribuimos una prenda de vestuario que no llevan, el conocimiento será imperfecto, porque añadiremos lo que en realidad no hay. Por fin, si tomamos una cosa por otra, como, por ejemplo, si creemos que son blancas una vueltas que en realidad son amarillas, mudamos lo que hay, pues hacemos de ello una cosa diferente.

Cuando conocemos perfectamente la verdad, nuestro entendimiento se parece a un espejo en el cual vemos retratados, con toda fidelidad, los objetos como son en sí; cuando caemos en error, se asemeja a uno de aquellos vidrios de ilusión que nos presentan lo que realmente no existe; pero, cuando conocemos la verdad a medias podría compararse a un espejo mal azogado, o colocado en tal disposición que, si bien nos muestra objetos reales, sin embargo, nos los ofrece demudados, alterando los tamaños y figuras.

Tomado de: El Criterio, Jaime Balmes, p. 25-26

Elección de la compañera


Elegir la compañera de la vida es un problema que imprimirá un sello imborrable. El poder elegir, decía Dante, es el mayor don que Dios ha dado al hombre. De su recto uso depende una suma inmensa de felicidad, de aquí que este problema ha de ser tratado con suma seriedad. Esta seriedad de la vida no hay que cansarse de inculcarla a los adolescentes para que no se dejen llevar por las ilusiones aparentes, por el encanto de un rostro terso, que pronto se surcará de arrugas, por el brillo de unos ojos que la menor tristeza puede empañar, sino que sean las cualidades verdaderas las que le decidan a unir indisolulemente su vida a otra vida. Para no engañarse en tan grave problema buscará el consejo de sus padres, de un amigo fiel y experimentado, considerará el paso que va a dar a la luz de la fe e implorará el auxilio de Dios por la oración continua. Humillado con estas claridades sus ojos se tornarán a buscar la joven ideal.

¿Quieres que te indique sus cualidades? Las entresacaré, completándolas de las páginas escritas por un gran amigo de los jóvenes. Medítalas.

Modestia en el rostro, carmín pudoroso que emerge del alma limpia e inocente, espejo de vida juvenil no manchada.

Dulzura en los labios. La sonrisa es flor del alma cuando nace y se asienta en labios que no saben de palabras ásperas, ni conocieron frases manchadoras, ni forjaron críticas insanas.

Pureza del corazón… Un corazón que sepa amar sacrificándose, que no busque el amor para sí, sino para ti.

Trabaja con sus manos: sabe de cocina, de puericultura, sabe poner inyecciones, ordenar una casa. Ayuda a sus padres, es hermana mayor de los pobres y de los desvalidos y ansía convertirse en su madre, para darse más a ellos.

Es bella. Y cultiva su belleza como se cultiva un don de Dios. La ama no por loca vanidad, no por ella, sino por ti -su futuro esposo- para unirte más a sí, para llevarte más a Dios. No es una soberbia y altanera mujer que solicite cumplimientos, que pase el día en el tocador y ante el espejo, es la hermosa violeta del campo, bella y fragante sin artificio extraño.

Sabe pensar. Sin haber penetrado nunca en los intrincados sistemas filosóficos que continuamente inventa la sabiduría humana, ha pensado muchas veces en el problema fundamental, el problema de la vida, tiene su filosofía del vivir, cultiva su espíritu.

Sabe alimentar continuamente la llama del amor, en sí y en el que ama; y sabe que no hay peor camino para acabar presto con el amor que entregarse entera y brutalmente. Ama, pero con reserva y dejará libre cauce al ímpetu de su corazón puro sólo cuando la seguridad del camino comenzado dé satisfacción cumplida a la tranquilidad de su vida futura. Y entonces estará dispuesta a seguir amando siempre… aunque la lámpara del amor no arda sino con una llama.

Comprende que la vida es mezcla de deber y de sueño. Endulza el deber, con el sueño del amor, pero sabe matar el sueño cuando impide el paso al deber aunque el sueño sea gozo, y el deber sea dolor.

Y por encima de todo es piadosa; cristiana, no beata; profundamente cristiana. Conoce su religión, se esfuerza por vivirla. Saca de ella los grandes móviles de su vida y ha meditado en sus ricos veneros. Cristiana, hija de Dios, templo del Espíritu Santo, miembro de Cristo: lo sabe, lo vive… No temas: te será fiel hasta la muerte, será para ti la dulce compañera que te amará con la ternura, con la fidelidad con que Cristo amó a su Iglesia, que dio su vida por ella.

Esa es la esposa que han de soñar los jóvenes que se plantean para un porvenir más o menos lejano el problema de fundar un hogar. Y el que desea encontrar una mujer “como su madre” ha de realizar en su corazón las virtudes de su padre y cultivar en su alma las mismas cualidades que él suspira encontrar en su futura compañera. Si él anhela recibir una esposa virgen, que le entregue todo su cariño, de la cual nunca tenga que avergonzarse, procure a su vez vivir en pureza y lealtad y entrega total a la compañera de su vida. Y el matrimonio vendrá así a ser la unión de dos almas en un común amor:

San Alberto Hurtado S.I, La vida afectiva en la adolescencia

Reglas para sentir con la Iglesia


Reglas para estar siempre con la Iglesia, en el espíritu de la Iglesia militante. No podemos colaborar si no tenemos el espíritu de la Iglesia militante. Nuestra primera idea es buscar enemigos para pelear con ellos… es bastante ordinaria…

Alabar las largas oraciones, los ayunos, las órdenes religiosas, la teología escolástica… Alabar, alabar.

¡¡No se trata de vendarse los ojos y decir amén a todos!! Pero el presupuesto profundo está un poco escondido. Hay un pensamiento espléndido, a veces olvidado: tengo que alabar del fondo de mi corazón lo que legítimamente no hago. ¡¡No medir el Espíritu divino por mis prejuicios!! Voy a alabar largas oraciones en casa, que yo no hago… Alabar las procesiones, que yo no hago.

La mente de la Iglesia es la anchura de espíritu. Si legítimamente ellos lo hacen, yo legítimamente no lo hago. La idea central es que, en la Iglesia, para manifestar su riqueza divina, hay muchos modos: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones” (Jn 14,2). La vida de la Iglesia es sinfonía. Cada instrumento tiene el deber de alabar a los demás, pero no de imitarlos. El tambor no imita la flauta, pero no la censura… Es un poco ridículo, pero tiene su papel. ¿Los demás pueden mofarse del bombo? No porque no son bombo. Es como el arco iris… El rojo ¿puede censurar al amarillo? Cada uno tiene su papel (qué bien cuadra esto dentro del Espíritu del Cuerpo Místico).

Luego, no encerrar la Iglesia dentro de mi espíritu, de mi prejuicio de raza, de mi clase, de mi nación. La Iglesia es ancha. Los herejes so pretexto de libertad estrecharon la mente humana. Nosotros con nuestros prejuicios burgueses, hubiéramos acabado con las glorias de la Iglesia.

En el siglo IV: “Queremos servir a Dios a nuestro modo. Vamos a construir una columna y encima de la columna una plataforma pequeña… bastante alta para quedar fuera del alcance de las manos, y no tanto que no podamos hablarles… La caridad de los fieles nos dará alimento, ¡oraremos!”. Nosotros ¿qué habríamos hecho? -Esos son los locos… ¿Por qué no hacen como todos? El hombre no es ningún loco. La Iglesia no echó ninguna maldición, ¡les dio una gran bendición! Ustedes pueden hacerlo, pero no obliguen a los demás. Ustedes en su columna, pero el obispo puede ir sentarse en su trono y los fieles dormir en su cama. De todo el mundo Romano venían a verlos, arreglaban los vicios, predicaban. San Simón Estilita, y con él otros. Voy a alabar a los monjes estilitas, pero no voy a construir la columna.

Otro grupo raro: “Nos vamos al desierto, a los rincones más alejados para toda la vida. Vamos a pelear contra el diablo, a ayunar y a orar… a vivir en una roca”. ¿Y nosotros? Con nuestro buen sentido burgués barato, diríamos: Quédense en la ciudad. Hagan como toda la gente. Abran un almacén; peleen con el diablo en la ciudad. La Iglesia tiene para ellos una inmensa bendición. ¡No peleen demasiado entre sí! Pero no obliguen a los demás a ir al desierto; lo que ustedes legítimamente hacen, ¡¡otros no lo hacen!! Nosotros hoy, despedazados al loco ritmo de la vida moderna, recordamos a los Anacoretas con un poco de nostalgia; todos los santos monjes y eremitas, ustedes que hallaron a Dios en la paz: rogad por nosotros.

El tiempo de las Cruzadas. La gran amenaza contra el Islam. Llegan unos religiosos bien curiosos. ¿Para nosotros qué es un religioso? ¿Manso, manos en las mangas, modesto, oye confesiones de beatas, birrete? No tienen birrete sino casco, espada en lugar de Rosario… Religiosos guerreros. Hacían los tres votos de religiosos para pelear mejor. Hacían un cuarto voto: el de los templarios, voto solemne: “no retroceder lo largo de su lanza, cuando solos tenían que enfrentar a tres enemigos”. Era el cuarto voto. La Iglesia lo aprobó. Luego, ¿todos tienen que pelear y ser matamoros? Lo que ellos legítimamente hacen; nosotros, no.

Vienen otros, tímidos, humildes, pordioseros:

-Un poco de oro y de plata, pero oro es mejor…

-¿Qué van a hacer con el oro de los cristianos?

-¡Llevarlo a los Moros!

-¿Van a enriquecer a los Moros? ¡¿El tesoro de la cristiandad que se va?!

-En la cristiandad no hay mejor tesoro que la libertad de los cristianos.

Los de la Merced, un voto: ¡quedarse como rehenes para lograr la libertad de los fieles! Bendijo la Iglesia a los militares y a la Merced.

¿Qué habríamos hecho nosotros con San Francisco de Asís? ¡Lo habríamos encerrado como loco! ¿No es de loco desnudarse totalmente en el almacén de su padre para probar que nada hay necesario? ¿No era de loco cortar los cabellos de Santa Clara sin permiso de nadie? Cuando el fuego le devoraba el hábito, dice: “no lo apagues, es su hermano fuego que tiene hambre”. ¿Qué habríamos hecho nosotros? En el almacén, el obispo le arrojó su manto, símbolo de la Iglesia que lo acepta.

Vienen los Cartujos, que no hablan hasta la muerte. Si el superior le manda a predicar, puede decir: ¡No, es contra la Regla! ¡Absurdo, después de 7 años… a predicar! La Iglesia mantuvo la libertad de los Cartujos: quieren mantenerse en silencio, ¡pueden hacerlo! Pozos de ciencia, sin hablar. ¡Nuestro sentido burgués!

Vienen los Frailes Predicadores, los Dominicos: le da su bendición a los Predicadores… Lo que ustedes legítimamente…

San Francisco de Asís: una idea: construir un templo con cuatro paredes sin ventanas, un pilar, un techo, un altar, dos velas y un crucifijo. ¡Ah no! Eso es un galpón… Vamos a colgar cuadritos… vamos a poner bancos y cojines… ¡Nada!, dice San Francisco. Gran bendición a su Iglesia y fabulosas indulgencias. Es el recuerdo del Pesebre de Belén.

En los primeros tiempos de los Jesuitas, hay dos cardenales Farnese y Ludovisi y construyen el Gesù y San Ignacio. El Gesù: columnas torneadas, oro y lapislázuli… La bóveda… 20 años pintando la bóveda: Nubes, santos y bienaventurados. Y San Luis… ángeles mofletudos y barrigones… El altar hasta el techo, con Moisés y Abraham bien barbudos. Nosotros diríamos: “eso es demasiado, falta de gusto, de moderación”. Y la Iglesia bendijo al Gesù y San Ignacio. No es el pesebre, es la gloria tumultuosa de la Resurrección.

En la Iglesia se puede rezar de todos modos: vocal, meditación, contemplación, hasta con los pies (es decir, en romería). Los herejes, en cambio: fuera lámpara, fuera imágenes, fuera medallas… Hay pueblos que no quieren besar el anillo, sino que lo olfatean. ¡Bien, pueden hacerlo! Iglesias en estilo chino ¿De dónde sacan que el Gótico es el único estilo? Santa Sofía, San Pedro…

¡Todos los desastres de la Iglesia vienen de esa estrechez de espíritu! ¡El clero secular contra el regular, y orden contra orden! Para pensar conforme a la Iglesia hay que tener el criterio del Espíritu Santo que es ancho.

En el Congo ¿podemos pintar Ángeles negros? ¡Claro! ¿Y Nuestra Señora negra y Jesús negro? ¡Sí! Ese Jesús chino… ¡admirable! Nuestro Señor, en los límites de su cuerpo mortal, no podía manifestar toda su riqueza divina. En el Congo un Padre compró cuadros de la Bonne Presse. Muestra el infierno, y los negros entusiasmados. No había ningún negro, ¡sólo blancos! ¡Ningún negro en el infierno!

En la Compañía de Jesús a veces odio, por carecer de este espíritu. Los demás que se queden cada uno conforme a su vocación. Este es un pensamiento genial de San Ignacio, expuesto sencillamente: alabar, alabar, alabar. Alabemos todo lo que se hace en la Iglesia bajo la bendición del Espíritu Santo. ¡Cuando la Iglesia mantiene una libertad, alabémosla!

Tomado de: Reglas para sentir con la Iglesia p. 329-332, San Alberto Hurtado S.I.

Esencia de los laicos


"Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. —Después... "pax Christi in regno Christi" —la paz de Cristo en el reino de Cristo" (San Josemaría Escrivá de Balaguer)

70. Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelización.

Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial —esa es la función específica de los Pastores—, sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc. Cuantos más seglares hayan impregnados del Evangelio, responsables de estas realidades y claramente comprometidos en ellas, competentes para promoverlas y conscientes de que es necesario desplegar su plena capacidad cristianas, tantas veces oculta y asfixiada, tanto más estas realidades —sin perder o sacrificar nada de su coeficiente humano, al contrario, manifestando una dimensión trascendente frecuentemente desconocida— estarán al servicio de la edificación del reino de Dios y, por consiguiente, de la salvación en Cristo Jesús.

La familia

71. En el seno del apostolado evangelizador de los seglares, es imposible dejar de subrayar la acción evangelizadora de la familia. Ella ha merecido muy bien, en los diferentes momentos de la historia y en el Concilio Vaticano II, el hermoso nombre de “Iglesia doméstica” (106). Esto significa que en cada familia cristiana deberían reflejarse los diversos aspectos de la Iglesia entera. Por otra parte, la familia, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia.

Dentro, pues, de una familia consciente de esta misión, todos los miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido. También las familias formadas por un matrimonio mixto tienen el deber de anunciar a Cristo a los hijos en la plenitud de las implicaciones del bautismo común; tienen además la no fácil tarea de hacerse artífices de unidad.

Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive.

Tomado de: Evangelii Nuntiandi, Beato Juan Pablo II

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